Nunca me han gustado mis manos.

Demasiado pequeñas, demasiado anchas, demasiado gruesas, demasiado bastas.

Para una mujer me gustan las manos grandes, gráciles, con dedos infinitos y delgados. Típicas manos de pianista, para que nos entendamos.

Las mías, pese a ser sabias, pese a su calidez, pese a su dulzura, pese a su sensualidad, pese a lo sexuales que son, pese a ser curativas...No me gustan estéticamente hablando.

Adoro cómo me acarician. Cómo logran extraer de mí hasta la última gota de mi propio y sagrado néctar de diosa. Me encanta cómo enervan el sexo del varón con sólo rozarlo. Me enloquece sentir cómo se empapan en una apasionada noche de placer. Y, sin embargo, cambiaría mi visión de ellas.

Tal vez si poseyese otras más torpes, más enfermas, más ausentes, más frías, más necias, echase de menos mis feas y regordetas manos.

Nunca me han gustado mis manos.