Confieso que soy un claro animal nocturno. Pero pese a mi vampirismo habitual, hay días en que me gusta ver amanecer y salir desde muy temprano a la calle.
Hoy es uno de esos días.
Aunque casi no he dormido, y lo poco que he dormitado ha sido entrecortadamente y mal, mi despertador ha sonado a las 06:17. Una ducha. Un café, dos magdalenas y a esperar amanecer mientras me despejo, acicalo y ordeno mis posteriores pasos por las calles recién puestas.
Banco, Correos, INEM, Corte Inglés, frutería, echar las quinielas y sacar a mi perrito, son las obligaciones de hoy. Las llevaré a cabo, además, en ese orden.
Saldré de casa a eso de las 08:10. Acaban de dar las siete de la mañana. Mi pareja duerme a mi espalda. Todavía es de noche cerrada. Espero estar de vuelta al mediodía más o menos.
Empieza a hacer frío. Adoro esta época del año. Las calles no están puestas aún. Igual veo amanecer desde la misma acera, entre aromas a pan recién hecho y adultos con prisa.
Da igual. Un amanecer siempre es un comienzo. ¿Qué me esperará tras él?















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