Eres un coñazo, me grita, y el dolor me desgarra por dentro.
Eres un coñazo, reitera, y el pavor me posee entera.
Eres un coñazo, vuelve a decirme, y las lágrimas me inundan por fuera.
Eres un coñazo, me dice, y la desolación más absoluta me embarga de nuevo.
Soy un coñazo sólo por pedirle que realice una llamada telefónica.
Soy un coñazo por recordarle que tiene obligaciones que nos competen a ambos.
Soy un coñazo por indicarle que su comportamiento dista mucho del que habíamos acordado, ambos, de mutuo acuerdo.
Soy un coñazo por cumplir con mi parte y esperar que actúe de similar forma.
Soy un coñazo por ocuparme, preocuparme, cuidarle, atenderle, recordarle, pedirle...
Este coñazo acabó sintiéndose una mierda, llorando a mares, absolutamente sola, a oscuras, en el salón, abrazada a su perro.
Este coñazo siente terror al saber lo que va a pasar, sin que haya sucedido todavía.
Este coñazo vierte sobre estas líneas la más amarga decepción, la pena de la humillación, la herida que provoca la fractura de la magia, el desaliento que motiva el hecho de que el hombre con quien compartes tu vida te diga a la cara, una y otra vez, que eres UN COÑAZO.
Este coñazo siente ganas de morir mientras él sigue matando a soldaditos en su ordenador, tal y como hace desde hace semanas, al menos 8 horas al día.
